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20 jun 2012

Mis adorables vecinos

Algunos de los recuerdos que guardo de mi antiguo barrio, son anécdotas de las  relaciones que tuve con los que  fueron mis vecinos; a veces próximas a familiares, otras me sorprendió la  falta de tacto de ellos, en beneficio de lo propio. Ahora que ha pasado tiempo, no me sorprenden, cada cual fuimos siendo tal como somos, como eramos. Cuando abrían  la boca marcaban un acontecimiento rocambolesco de su historia y la mía.
Aángel se hizo popular entre nosotros, por su solicitud ante nuestras demandas para cuestiones de las normas comunitarias y vecinales,  por aquel entonces era policía, conocía  todas la  reglas, al igual que el incumplimiento de las mismas. Así en asuntos administrativos, nos asesoraba y  en ocasiones utilizaba las labores prestadas, para pedir algo a cambio de su interés. Inicialmente todos creímos que se trataba de una persona con una moral y deber publico excepcional, tardamos varios años en descubrir que por este cumplimiento público, devolvíamos oblaciones extrasalarias;  que  la gratuidad no era tal y había una exigencia a cambio, que desconoces en el momento de iniciar la relación, una firma contractual desconocida, por el que no tiene costumbre de llevarse algo a cambio de un favor, que no implica nada, ó casi nada para ti, en tu caso.
Como valor añadido de esta ayuda desinteresada, que no  prestaba, aprovechaba para airear algunos detalles de nuestras vidas que alardeaba conocer y difundir, para así  cobrar celebridad y estar rodeado de aliados para sus chascarrillos, así se hizo popular, con su peculiar forma de ver la paja en lo ajeno, mientras desatendía las montañas de arena de su casa. Casi llegó a convertirse en el hazmerreir del barrio, pero hasta que esto ocurrió, no dejó adolescente al que no vapuleara públicamente. Me repito, al decir, que en su peculiar forma de ver las cosas, a la niña que no vio haciendo manitas con el novio, iba por malos pasos. No dejó títere con cabeza a su alrededor. Hablaba con autosuficiencia y utilizaba algún giro coloquial, para reforzar sus expresiones, como si de un axioma se tratara, simulando así,  conocer la perfección de las cosas, y las cualidades humanas mejor que nadie. Aunque nunca dimos credibilidad a sus historias, era un hombre dicharachero, socialmente animoso.
Finalmente todo se volvió del revés, para contradecir lo que hasta ese momento habían sido los hijos de los demás, fueron luego las suyas. Pero como la conciencia es algo que nos enseñaron de pequeños a muchos de nosotros, diciéndonos que todos tenemos hijos que crecerán, ninguno observamos  mas allá de una mirada, que en  las noches de verano, a la mayor de sus hijas,  le metía la mano en la entrepierna el vecino de enfrente,  mientras asomaba su padre a la ventana, oteando el atardecer sin empañar las virtudes de su hija. En mi ir y venir diario, su niña pequeña jugaba, con mi vecina contigua, a unos juegos que no tenían mas importancia, que el de dos adolescentes dándose besos en su puerta, entre risas, susurros y toqueteos en el culo.
Algunos adoptamos nuevas costumbres, Antonio continuó con sus exclusiva visión dogmática de nuestros aspectos mas cotidianos, que nos fueron distanciando poco a poco, llevándonos a cada uno por nuestro camino. Maite continuo divirtiéndose con él.

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